El Laberinto de las aceitunas
Eduardo Mendoza
Seix Barral. 1982
Segunda entrega de la trilogía del hombre sin nombre que comenzó con "El misterio de la cripta embrujada", un pobre diablo, ex-delincuente, drogadicto y de mal vivir, que fue recluido por la justicia en un sanatorio mental del que sólo sale para resolver casos que a la policía se le escapan de las manos.
Dicho esto uno puede pensar que estamos ante un desbarajuste tal que no tiene ni pies ni cabeza, pero todo lo contrario; Eduardo Mendoza vuelve a construir una historia que desde el surrealismo más absurdo alcanza cuotas de verdadero humor esperpéntico, dibujando un personaje protagonista y unos secundarios que sólo podríamos encontrar en el imaginario de un demente tan lúcido como él.
Si en "El misterio de la cripta embrujada" se roza la perfección, aquí se traza, dibuja y más tarde se emborrona y disuelve en la genialidad. Una tela de araña tan complicada de seguir como difícil de mantener el semblante serio e incorrupto al leerla.
En esta ocasión el protagonista no es invitado a una misión, es secuestrado por la propia policía para que les haga un trabajo sucio de pago de un posible chantaje, rescate o quién sabe si soborno. Al enfermo se le saca de su habitat y de su ciudad, ya que debe entregar el paquete en Madrid.
El despiste geográfico, unido al más absoluto desconocimiento de las normas del protocolo social más básico, desencadenan una serie de sucesos entrelazados y absurdos que le llevan a huir a tres bandas, primero de la policía, después de los posibles mafiosos y chantajistas y al final de todo bicho viviente que vaya vestido por la calle.
Los secundarios de esta novela son escatológicos; seres defenestrados por la sociedad o su propia imaginación que ayudan al protagonista a enredarse más en el ovillo de tejer. Un libro fabuloso, una segunda parte que fue buena, quién dijo lo contrario... ahora a por la tercera entrega...


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